Es noche cerrada. Oscura y límpida, permite ver miles de estrellas temblorosas y brillantes. Las mismas que contemplaron mi abuelo Florentino, pastor de vacas. y los sorprendidos primeros humanos. Y las mismas con las que se guiaron los antiguos navegantes y a las que se encomendaron ancestrales guerreros antes de la batalla. La Vía Láctea cruza como una gigante cicatriz la bóveda celeste, palacio de leyendas eternas; indiferente, recordándonos nuestra pequeñez. Marte retrógrado y su némesis Antares caminan lentamente, castigados por los antiguos dioses a no encontrarse jamás. Un delgado filo brillante y curvo delata una tímida Luna en creciente. Saludo a tres estrellas fugaces, visitantes del espacio exterior. «-Bienvenidas, ya sois parte de nosotros».

Llevo aquí varias horas, llenándome las pupilas de infinito.

Benditas baterías descargadas.